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Revista Panorama
En narrativa Respiración artificial de Ricardo Piglia, marcará a la década del 80.
Héctor Cámpora
Saer en Nadie nada nunca, aborda el tema de la dictadura argentina en forma elusiva.
"Paco" Urondo
Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill fue escrita en el  momento en que sucedía la Guerra de Malvinas.
Osvaldo Lamborghini
Angélica Gorodischer participó del debate sobre los límites y alcances de la literatura escrita por mujeres.

La narrativa argentina de los 80

Por Pablo Gianera


La literatura que se escribió en Argentina durante la década de 1980 estuvo marcada por las condiciones políticas que decidían su producción. La dictadura que había tomado el poder el 24 de marzo de 1976 imponía, para los escritores que habían permanecido en el país, nuevos estrategias de representación, destinadas a sortear las restricciones de la censura.

Publicada puntualmente en 1980, Respiración artificial, de Ricardo Piglia, es el ejemplo más contundente de lo dicho. Esta novela puso en primer plano el problema del sentido, en un momento en que la realidad nacional parecía carecer de él. El libro se abre con una cita de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot: "Captamos la experiencia pero no su sentido,/ y el acceso al sentido restaura la experiencia". El de Piglia fue un libro esperado por los lectores. Muchos reconocieron en esa voz asordinada, el silencio de su propia voz. A partir de la pregunta con la que arranca la novela ("¿Hay una historia?"), el foco está puesto en la figura de Enrique Ossorio, hombre vinculado a Rosas que pretende escribir el porvenir de la nación. En casi todas las líneas de su testimonio en primera persona –fechado en 1850– pueden leerse alusiones al presente. Se pregunta en un momento: "¿Cómo puede ser que no haya podido ver entonces lo que ahora parece tan evidente?". Más adelante, y a propósito de Juan Bautista Alberdi: "Es la clase de hombre que no transige y esa clase de hombre, en los tiempos que se avecinan, tendrá dos caminos: el exilio o la muerte". Respiración artificial aspira a ser, más que una novela, una novela sobre la novela. Es un artefacto híbrido y proliferante que deglute discursos no siempre ficcionales y se resuelve en el filo entre la novela epistolar y la crítica literaria (sobre todo en el diálogo final de Tardewski, un polaco desterrado, símil de Witold Gombrowicz), instancia esta última en la que no resulta menor el ajuste de cuentas con Borges y la reivindicación de Roberto Arlt. Piglia había sido durante la década de 1970 un activo difusor de la novela policial dura (creó la Serie Negra) y sabía que los géneros constituían un amparo útil para traficar un mensaje político.

En su recién publicado Trabajos, libro póstumo que reúne artículos ocasionales para periódicos, el escritor Juan José Saer ensaya una lectura de la novela y observa que Piglia propone la historia no como objeto de representación sino como tema. Dice que "se nutre en la reflexión, en la confrontación de ideas, que durante largo tiempo estuvieron desterradas de la academia narrativa, e inventa, para una época en la que Argentina estaba prohibido argumentar, la novela-ensayo". Radicado en Francia, el propio Saer continuó su proyecto novelístico y abordó elusivamente el período de la dictadura en Nadie nada nunca, de 1980. Luego, en Glosa, de 1985, una caminata de 21 cuadras acaba prefigurando el suicidio de uno de los personajes, acosado por la represión. El tema se repite en Lo imborrable, de 1992, de la que podría decirse que la dictadura se respira en la omnipresencia del invierno.

El vestido rosa, la nouvelle que César Aira publicó en 1984, pero cuya escritura se remonta a dos años antes, se sitúa también, aunque con una entonación enteramente distinta a la de Piglia, en el pasado histórico. La expedición al desierto –se trató en verdad de un exterminio indígena– que el general Julio Argentino Roca realizó hacia 1879 le sirvió a Aira -quien suele mostrarse reticente a las lecturas en clave política-, para desnudar las semejanzas con el discurso oficial de las fuerzas armadas.

La ensayista Beatriz Sarlo analizó lúcidamente el funcionamiento de las remisiones a la historia argentina durante la dictadura militar en un artículo recogido en el libro colectivo Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar, de1987. En primer lugar, advierte que estos textos, aun cuando se sitúen en el pasado, una "crítica del presente", al que se tiende a figurar con la mediación de desplazamientos (las elipsis, las alusiones y las alegorías). Así, la expedición del general Roca puede leerse como una variación retrospectiva de los crímenes masivos de la época. Las "revisitas" al pasado no pretenden buscar invariantes o matrices telúricas que definan los avatares de la condición nacional. Y tal vez sea precisamente ésta la gran diferencia con la llamada "novela histórica", que tuvo su hora de gloria en la década de 1990 y que se hunde en el anacronismo con una devoción arqueológica por el referente.

Lejos del mundo airiano, pero cerca de las referencias a los desasosiegos del pasado, aparece también En esta dulce tierra (1984), de Andrés Rivera, cuya trama tiene como paisaje histórico el período rosista. En sus novelas posteriores, Rivera proseguiría con el vaivén entre lo íntimo y lo público, entre el pasado y el presente.

Pero, en realidad, las tentativas de Aira tendrían otras implicaciones. Después de Moreira (1975), Ema la cautiva (1981) se convirtió casi inmediatamente en un texto ineludible. Y, por otro lado, marcó el inicio de una de las literaturas más originales, y también más discutidas, después de Borges. El radicalismo del autor –cuyos libros forman un continuo en el que importa más el sistema general que cada momento en particular– se acentuaría en los ochenta con Canto castrato y a lo largo de toda la década siguiente.

Publicada en Barcelona en 1984, El país de la dama eléctrica, primera novela de Marcelo Cohen, exiliado por esos años en España, con el arsenal de la ciencia ficción cuenta el itinerario de un rocker. Pero el libro tiende tanto a la música –tema que retornaría en las novelas posteriores del autor– como a la política. Alegoría velada del final de los 60, la atmósfera pegajosa de una Buenos Aires enrarecida, en la que proliferan los indicios de la represión, acaba tiñendo por entero la novela y depara la experiencia de un mal viaje, con la inquietud de una pesadilla y, sin embargo, luminoso. Los pichiciegos de Rodolfo Enrique Fogwill es un caso aparte. Fechado entre el 11 y el 17 de junio de 1982, el libro podría leerse como una novela de anticipación, si no fuera porque su asunto –la Guerra de Malvinas– sucedía en ese mismo momento. Este texto profético y alucinado, de un registro crudamente referencial, lleva como subtítulo "Visiones de una batalla subterránea". Y, en verdad, no se encontrará una definición más precisa: visión de lo que pasaba y de lo que vendría; y también registro minucioso del habla acerada y subterránea –de trinchera– de los "pichis" desertores.

No menos relevante resultó la visibilidad pública que alcanzó la literatura escritas por mujeres que, en silencio, venían en muchos casos escribiendo desde las décadas anteriores. Tal el caso de Angélica Gorodischer, de quien hacia 1983 apareció en España su novela Kalpa imperial, que aborda también, elípticamente, el tema de la dictadura. Un año después, Ana María Shua publicó Los amores de Laurita, título central de su narrativa y de la literatura erótica rioplatense, género que también transitó Tununa Mercado en los cuentos de Canon de alcoba (1988). Igualmente destacables son los libros Zona de clivaje (1986) –notable exploración de la condición femenina–, de Liliana Heker, En el invierno de las ciudades (1988), primer libro de cuentos de Sylvia Iparraguire, y Espejos y daguerrotipos (1980), en la que María Esther de Miguel insinúa el abordaje de los asuntos históricos que desarrollaría posteriormente en varias novelas.

Con la llegada de la democracia, el panorama literario se diversificó notablemente y aparecieron varios escritores que consumarían sus estéticas en los noventa, como el caso de Alan Pauls y de su primera novela El pudor del pornógrafo (1984).

En este sentido, resultó central la reformulación poética y del canon literario que propuso la revista Babel, en 1988, cuando se publicó su primer número. Dirigida por Martín Caparrós y Jorge Dorio, esta revista promovió a varios escritores (Daniel Guebel, Alan Pauls, entre otros) que luego entrarían en una pugna estética –en parte imaginaria, en parte real– con los autores que a principios de la década siguiente publicaban sus novelas en la Biblioteca del Sur, colección de la editorial Planeta. De manera ya apagada, los efectos de esa polémica se prolongaron casi hasta el nuevo siglo.



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